Las Cosas De Ramón

UN VIAJE A SALAMANCA


Mariano y yo nos hemos levantado temprano, nuestras mujeres se han quedado durmiendo y descansando. La noche anterior nos lo anunciaron, al regreso del viaje que realizamos por los alrededores de la sierra de Francia; por el pueblo de La Alberca, a la cima de la peña de Francia y el paseo por el paraje natural de Las Batuecas. Acabaron con sus fuerzas, y exhaustas para seguir nuestro ritmo, decidieron pasar el último día de vacaciones sin salir de la casa rural.
A Mariano le ha tocado preparar un pequeño desayuno antes de partir, yo soy negado a toda clase de tareas domésticas. Él no es que sea muy ducho en esos menesteres, pero al menos se defiende.
Nuestra aventura comienza alrededor de las ocho y cuarto, un recorrido de poco de menos de cincuenta kilómetros, desde el pueblo de Tamames a la gran ciudad, Salamanca. Una carretera secundaria, nada que envidiar a las autovías de la región.
Partimos medio dormidos, pero con el espíritu en alto y nos animamos el uno al otro, con algunos chistes, con algunas bromas, con alusiones a la noche pasada y para no caer en la monotonía, hablamos de nuestras mujeres, de lo mal que va el futbol. Cualquier tema es bueno para distraernos.
Apenas hemos recorrido unos diez kilómetros, cuando a lo lejos vemos a un autoestopista, ambos nos miramos, una fracción de segundo nos basta, parecía un hombre de mayor edad, nuestras miradas nos hace más cómplices y decidimos parar.
Continuamos nuestra marcha, con el invitado sentado en la parte trasera del monovolumen. Y descubro que tengo algo en común con él, el nombre, ambos nos llamamos Roberto. Es una persona entre cincuenta y cinco años y sesenta, o una pizca mayor, algo difícil de definir, por su escaso pelo cano y su piel curtida, se nota que es un hombre de campo, quizás agricultor, quizás ganadero.
De carácter cordial, y cariñoso, con un perfil muy abierto, nos indicó que se dirigía al pueblo de Aldeatejada a un kilómetro de nuestro destino, aunque cuando se enteró que íbamos a hacer una visita turística a la capital, se apuntó, se ofreció como guía y enseguida aceptamos. Para nosotros, que era nuestra primera visita y no conocíamos nada del casco antiguo de la ciudad, su ayuda nos podría servir de mucho.
Algo extraño estaba pasando, me sentía muy a gusto, ese trío era perfecto. Yo no podía explicar el qué, pero parecía imán que me atraía, nunca había sentido esa sensación con otros humanos de mí mismo género, de mí misma estirpe, de mí misma índole, de mí misma especie, algo semejante nunca me había sucedido, era como una atracción que hacía imposible separarme de ese ser.
Aparcamos en una zona reservada para discapacitados, muy cerca del hotel San Polo, Mariano dejó sobre la bandeja del coche, visible, su tarjeta. Nunca había tenido claro porqué razón le habían concedido ese distintivo, pero lo cierto era que nos había servido de ayuda en muchas ocasiones de estas vacaciones, y en esta también. Olvidarnos del coche era un buen objetivo para nuestras visitas.
Iniciamos la andadura, Roberto delante y nosotros lo seguimos de cerca, sus pasos lentos, su hablar cansino, hacía que nos fuéramos reconfortando, su conocimiento, su sabiduría, hacía que lo siguiésemos sin titubear, nos guió hasta un edificio, era el convento de San Esteban, la visita duró poco menos de dos horas. Pudimos hacer fotos en el claustro y en la iglesia, pero se nos negaba en el museo, a pesar de todo, Mariano consiguió sacar un par de ellas, oculto desde un rincón por donde las cámaras de seguridad no alcanzaban su visión.
Salimos de ese monasterio y pasamos al lado del convento de las Dueñas, en él, Roberto nos recomendó sus ricos dulces hechos por las monjas dominicas. Pero declinamos la invitación y dirigimos nuestros pasos hacia el centro de la ciudad, paseamos por la calle Rúa Antigua, y llegamos hasta la casa de las Conchas, edificio que tan solo lo bordeamos, tan solo lo contemplamos por fuera, sin entrar, sin traspasar su pórtico. Tras la vista de este edificio del que me he quedado desengañado, por haberme forjado una idea errónea, según las imágenes representativas aparecidas en libros de geografía y en otros de monumentos emblemáticos de España. Por la expresión que me lanza Mariano, me da a entender que está de acuerdo conmigo, que no le ha gustado. Roberto, nuestro improvisado guía, se da cuenta del desencanto que nos ha producido el contemplar este edificio, sin hacer comentario alguno, aunque, noto extraña su mirada, me da que pensar que algo no anda bien, esa visión perdida, y esa necesidad de buscar un asiento. Me hace intuir lo peor, aunque no acierto a saber lo que sucede.
Desde la lejanía, observamos como un policía local se acerca a nuestro viejo guía, frente a él, parado, por un momento duda, como si no estuviera seguro de conocer a la persona que tiene delante. Pero por el saludo que le tramita, percibo que son conocidos. Roberto alza la vista, extrañado, no lo reconoce, no lo recuerda, con sus ojos pregunta, sin obtener respuesta. El policía que es de edad similar, nota que algo pasa, se sienta a su lado y le tiende la mano de amistad. Mariano y yo, nos vamos acercando paulatinamente, poco a poco al ver la escena. Roberto intenta buscar refugio en nosotros, le gusta lo que está haciendo, guía por un día, no comprende lo que le dice el policía, no recuerda su nombre, su amistad, su confianza.
El uniformado se dirige a nosotros, se presenta como amigo de Manolo Casamayor, al que decimos que se ha equivocado, no conocemos a ese señor, que nuestro guía espontáneo se llama Roberto. Tornando su voz a más confidencial y acercándose más, nos comunica que este señor padece de Alzheimer, que llevan días buscándolo, se perdió entre el trayecto de su pueblo, Aldeatejada, y Salamanca, en sólo un kilómetro varió su rumbo. No era la primera vez que sucedía, pero siempre al cabo de pocas horas recordaba su domicilio, retomaba a su vida y aparecía por las cercanías, pero en esta ocasión todos estaban preocupados, hacia una semana que no sabían nada de él, sus neuromas se estaban dañando a ritmo acelerado, el deterioro avanzaba a pasos agigantados.
Tras el conocimiento de la terrible historia de ese hombre tan entrañable, Manolo Casamayor, que nos ha acompañado y ayudado mucho en la visita turística, aunque corta a Salamanca, Roberto, para nosotros, se aleja acompañado de su amigo, de su guardián, mirando hacia atrás como no queriendo despegarse de nosotros. Tiene que seguir su vida y nosotros nos alejamos para culminar por nuestra cuenta lo que hemos comenzado esta mañana. Apenas han pasado varios minutos de las diez y estamos tomando un café en la emblemática Plaza Mayor, parada obligatoria para todo viandante que se precie de visitar la ciudad.
Nuestra visita concluye tras una vuelta rápida por el interior de la catedral nueva y acceso interno a la catedral vieja. El asunto de Manolo me ha marcado mucho, aunque para mí seguirás siendo Roberto.
Regresamos a la casa rural, alrededor de la una y media, allí nos esperan nuestras mujeres para comer. La tarde la pasamos relajados y hablando sobre nuestra escapada a la gran ciudad, el resto del tiempo lo usamos preparando nuestro viaje de vuelta. Nuestras vacaciones ya se han acabado, volver a nuestras cotidianas vidas. Aunque nunca podré olvidar este viaje ni a mi tocayo Roberto. 



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Desengaño editorial


El hombre acudía a una cita que llevaba semanas esperando, sentado en un vagón del tren. Se desplazaba desde la periferia al centro, sus manos le temblaban; sobre su regazo, y aferrado, llevaba un portafolios que contenía su manuscrito. Una obra que le había costado años culminar, era algo muy preciado para él, no lo soltaba. Con su mirada tímida, desconfiaba de los viajeros adyacentes, temeroso de no poder llegar a tiempo a su entrevista.
El tren se detuvo, se bajó en la parada, ahora sólo le quedaba andar unos metros antes de alcanzar su destino, las oficinas de la editorial.
Cuando llegó al portón, un sudor gélido le corría por el cuerpo, se acordó de su madre, de sus ánimos, de su apoyo, de su abnegada complicidad. Se levantaba antes que él, le preparaba un desayuno copioso, y estaba pendiente de sus desvelos, para que llegara a la hora a su trabajo. Gracias a ella había hecho posible su sueño, era la única que lo comprendía y era la única que había leído su relato al completo. La editorial en la que estaba a punto de entrar, sólo conocía la sinopsis y dos capítulos de su obra.
Dentro del ascensor, pulsó el botón que lo llevaría a la planta donde sus anhelos, sus sueños y todas sus ilusiones podrían evaporarse en un segundo, o realizarse, eso era un enigma que hasta ese preciso instante él desconocía.
Se dirigió a la recepción donde una señorita, lo atendió muy amablemente.
–Buenos días, tengo cita con el editor, mi nombre es Rosendo Cuestaabajo.
La joven, lo miró con detenimiento de cintura para arriba, era lo que su vista alcanzaba desde su posición. No le pareció un joven atractivo, su piel blanquecina, como una pared recién encalada, hacía juego con su pelo albino, de ojos saltones, que parecían que se la iban a comer de un momento a otro, él se sintió observado. No tenía el aspecto del clásico escritor intelectual, espabilado que tenía salida para todo, pero imaginó que si estaba convocado, era porque tendría talento. Buscó en un listín, donde  anotaba     todas     las    citas,    y    lo    encontró.    –Efectivamente, su entrevista es a las once en punto, sería tan amable de sentarse, ahora mismo se encuentra con otra visita, enseguida lo atenderá.
Sentado en unos de los sillones incómodos del mismo recibidor, sus temores no habían pasado, sus inquietudes estaban presentes, callado, ensimismado, pensando en las preguntas que le iba a procesar, o quizás fuesen varios con los que se iba a enfrentar. No sabía si sería capaz de responder acertadamente, era su primera obra, su primer hijo en un parto sin dolor, aunque le había costado mucho esfuerzo. La opinión de su madre no era válida a nivel literario, ella, en su vida, pocos libros había leído. Se conocía todo el argumento de su obra, y era capaz de recitar de memoria el proemio que había escrito, pero su mente estaba en blanco, a sus treinta y cinco años, no sabía si su edad sería un hándicap para poder publicar.
Lo sacó de sus pensamientos esa voz dulce y acaramelada de la recepcionista, a la que no era apto de juzgar, sus nervios no le hacían pensar con claridad, se había fijado en su mirada, pero no era capaz de traducir sus pensamientos. Esa tiesura mental lo había paralizado.
Se levantó casi temblando, las piernas parecían no responderle, se dirigió a la puerta que le indicaba la señorita. Con los nudillos llamó, no creyó prudente abrir la puerta. Una voz ronca desde el interior, lo invitó a pasar.
Sentado, frente a ese monstruo de las letras, empequeñecido ante el hombre que podía hacer su vida más feliz a partir de ese día o hundirlo en una depresión, de la que no sabía si podría salir.
–Señor Cuestaabajo, se le ha convocado, porque la editorial tiene fe en el escrito que nos ha presentado, pero…
Cuando Rosendo escuchó ese adverbio, se puso a temblar, algo no encajaba, permaneció callado y dejó que el editor continuase, no podía percibir lo que ese hombre estaba a punto de proponerle.
–Pero… -el editor continuó –A cambio de la publicación de su libro, necesitamos que escriba otro, el cual usted no firmará, aunque recibirá una compensación económica, tan cuantiosa que no podrá rechazar nuestra proposición.
 Rosendo no sabía que pensar, le daba a entender que reconocía su valía como escritor, pero algo no le cuadraba. ¿Por qué no editar con su nombre? Se cuestionó, sin atreverse a preguntar.
Ante el mutismo de este, el editor se atrevió a seguir. –Nuestra oferta es la siguiente: su perfil como escritor encaja en nuestro plan editorial, por eso, queremos que publique su obra con nosotros, pero tenemos otros compromisos que atender, y al ser un escritor novel, hemos pensando en usted. Preséntenos una segunda novela, el tema en cuestión es lo de menos, pero necesitamos que un famoso firme un libro para sanear nuestra economía, la crisis también nos ha afectado a nosotros.
Rosendo no sabía que decir, no sabía que pensar, cada vez estaba más confundido, nunca había sopesado esa proposición. Sabía que su ópera prima era buena y quería que la publicasen, pero ese chantaje no le sabía bien, venderse de esa manera no lo consideraba justo, prostituir su trabajo por un puñado de euros era rebajarse demasiado. Qué diría su madre, al enterarse de que se había convertido en un escritor fantasma, cobrar para que otros firmasen sus escritos. Ella estaba orgullosa del trabajo que realizaba, segura de que su esfuerzo sería recompensado, pero no de esa manera.
Él se levantó, pero antes de salir por la puerta, hizo la promesa de pensarlo. Cabizbajo, con su portafolios intacto como entró, salió por el umbral que había traspasado, la recepcionista miró, se despidió, pero no recibió contestación por parte de Rosendo.
En el tren de vuelta que lo llevaría hasta su casa, pensaba en el día perdido, sus esperanzas evaporadas, sintió vergüenza. Nunca contactó con esa editorial.



                                   Autor con seudónimo:Al-Shafir

08- agosto - 2011



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PÁNICO EN EL CORREDOR
De repente me encuentro solo, sin recordar dónde estoy, sin saber cómo he llegado hasta allí. En medio de la nada, las piernas me pesan, y las manos ensangrentadas, pero no es mía. Un martilleo sincronizado golpea mi cabeza, pareciendo que me va a estallar de un momento a otro. Miro a mi alrededor, y me encuentro con una sala vacía, tan solo veo una silla. La decisión de sentarme está motivada por el cúmulo de cosas que me están pasando, y que no alcanzo a comprender.
El chirrido de una puerta a mis espaldas, hace que me gire intuitivamente, bruscamente, no consigo recordar nada, pero percibo que algo maléfico me acecha. Súbitamente me encuentro con ese rostro que me mira con odio, me mira con resentimiento. Me da miedo, me da terror, me da pavor. El pensar qué puede sucederme con ese hacha levantada, y su hoja bien afilada, con sed, manchada de sangre y dirigida hacía mí, me hace reaccionar. Con mi cuerpo empujo la silla hacía atrás al levantarme, de tal manera, con tal ímpetu, que provoca que esa persona que iniciaba mi persecución, pierda el equilibrio, tropiece y caiga, dándome unos segundos de ventaja, un respiro para rectificar a tiempo y hacer un quiebro a la izquierda. Entro en un pasillo largo, que no sé hasta dónde ni hacia dónde conduce. Pero no dudo en correr lo más veloz que mis piernas doloridas me permiten, estoy confuso, no sé lo que en realidad está sucediendo, sólo que alguien me persigue con la clara intención de alcanzarme, de matarme. Y yo corro por ese pasillo interminable, sin puertas, sin ventanas, sin fin, paredes lisas y muy blancas, eso es lo que va visionando mis ojos.
De pronto me despierto, estoy sobresaltado, empapado en sudor, como  si hubiese corrido una maratón. Es otra vez esa maldita pesadilla, en la que desde hace un mes, siempre caigo profundamente sin saber por qué.
Me levanto y mientras me dirijo al cuarto de baño, escucho un ruido de fondo, como una cascada, un murmullo. Abro la puerta, y es el agua de la ducha que cae con fuerza. Estoy seguro de que la noche anterior, antes de enroscarme entre las sábanas, he dejado cerrado el grifo. Nunca me había pasado algo semejante, pero no le doy mucha importancia. Al girar y cerrar la llave, todo parece volver a la normalidad, todo se queda en silencio, no se escucha nada ni a nadie, a pesar de estar las ventanas abiertas.
Mientras tomo un café en el salón, leyendo la prensa del día anterior. Suena con insistencia el timbre, me sorprendo al observar la hora que es, tan sólo las siete y media de la mañana, y alguien aporreando mi puerta, ¿quién podrá ser? Abro y encuentro frente a mí a un hombre vestido de uniforme, es un policía.
–Hola Guillermo, ¿todavía no estás preparado? Venga vístete que vamos a llegar tarde.
Lo miro, lo observo, mi mente empieza a funcionar, he estado de vacaciones y, hoy toca empezar a trabajar. –Pasa, no te quedes en la puerta. ¿Quieres un café? He pasado mala noche y estoy un poco confundido.
–Sí, pero date prisa, que tenemos que estar a las ocho en la comisaría.
Tras dejar el café en la mesa del salón, me dirijo a mi habitación. Realmente, no recuerdo nada de mi vida, no sé cómo he pasado mis vacaciones. Él desde el sofá murmura algo, pero no consigo escucharlo, me asomo al quicio de la puerta, y lo repite. –Hoy tenemos que atrapar al asesino del traje negro, ¿no me digas que no has escuchado las noticias?, -soltando una carcajada, que me inquieta, que me produce miedo.
Cierro de nuevo la puerta y abro el armario, colgando de las perchas veo un uniforme, mi uniforme, y al lado, un traje de cuero negro de una sola pieza. No lo reconozco, pero…, sin saber por qué me entra el impulso de probármelo, noto como algo en mí va cambiando, no puedo frenar esa sensación. Primero, introduzco una pierna, y luego la otra, hasta el pernil cerrado, tengo el traje por la cintura y eso conlleva a que mi personalidad vaya permutando. Ya no soy Guillermo, me estoy transformando en un desconocido con ansias de sangre, cuando he terminado de vestirme, mi sueño empieza a resurgir, para sobrevivir tengo que matar, mis pasos me dirigen intuitivamente a buscar algo debajo de la cama, y hallo un hacha, el mismo que en mi pesadilla me persigue.
De la nada aparece una sombra, algo me amenaza, espontáneamente dejo el hacha sobre la cama. Veo a mi compañero, ese que ha venido a recogerme. Su actitud ahora no parece amigable, se ha vuelto agresiva, ahora lo comprendo todo, en mis vacaciones me he visto atrapado en un sueño, una pesadilla, he sido perseguido por el asesino del traje negro. Pero ahora soy yo el que va de negro, aun así, siento pánico. ¿He actuado como un justiciero en busca de erradicar el mal?, o ¿Realmente, he sido una víctima? Ante la inminencia del peligro que percibo, decido actuar, esta vez no estoy en mi sueño, es algo tan real, que he escuchado el silbido al viento que ha emitido el hacha al pasar muy cerca de mi oreja.
Ante la imposibilidad de hacer otra cosa, entro en el armario, por unos segundos, todo se queda a oscuras, agazapado en un rincón de la guardarropía, rodeado de todo mi vestuario, mis camisas, pantalones, corbatas, trajes y zapatos. Intento recordar que al ser policía debería tener un arma reglamentaria, pero no consigo averiguar dónde la escondo, ni siquiera soy capaz de recordar que haya disparado alguna vez, ni siquiera sé por qué me he agachado para mirar debajo de la cama, allí sólo he encontrado el hacha. Vuelve a estar todo en calma, asomo la nariz por una apertura ínfima que dejo al abrir una de las hojas, no veo nada, no veo a nadie, pero sí que noto un cambio en mi habitación. Sé que no podré estar por mucho tiempo dentro, encerrado en ese armario empotrado, en la oscuridad, en ese mínimo espacio, así que decido dar el gran paso. Salgo de allí, salgo a mi habitación, pero parece que la han cambiado, tan solo hay una silla, las piernas me pesan y la cabeza me bombardea como si de un martillo se tratase, no es posible, ahora estoy despierto, no puede ser de nuevo mi pesadilla. Y al igual que en mi sueño tengo que iniciar la huida, por ese corredor largo y blanco.  El que parece ser mi compañero, me persigue, ahora lo veo con claridad, es él quién me quiere matar, con ese hacha de grandes dimensiones, hacha de leñador. Pero no me puedo abatir, tengo que luchar por mi vida, no encuentro nada con qué defenderme, y no puedo retroceder ni despertarme, me encuentro atrapado, pero no estoy en mi sueño, no tengo escapatoria, en mi carrera, de pronto, una puerta a lo lejos, parece medio abierta, entornada, esa puede ser mi salvación, algo dónde esconderme. Quizás una salida por donde poder huir, un escape que me devuelva a la realidad.
El uniformado con el hacha ya no me persigue, he entrado en una habitación, vuelve a estar la calma. Observo que no existe mobiliario, sólo una silla, similar a la de mi sueño y a la que acabo de dejar. El tiempo no ha transcurrido para mí, pueden haber pasado segundos, minutos, horas o días. No consigo recordar nada, es como si mi pesadilla, hubiese cobrado vida y hubiera saltado de mi sueño, para alcanzarme en la vida real. Es como un, "déjà vu", como si ya hubiese pasado por todo eso de nuevo, y no encuentro la salida, es como un remolino que no tiene fin, una pescadilla que se muerde la cola, la amenaza no ha cesado, súbitamente me encuentro corriendo de nuevo, no puedo parar, ese hacha me persigue, no me alcanza, pero tampoco cesa en su empeño. El corredor sin puertas, sin ventanas, sigue en blanco y cada vez es más largo y yo voy con mi traje de cuero negro.
De repente me despierto, estoy sobresaltado, empapado en sudor, como si hubiese corrido una maratón. Es otra vez esa maldita pesadilla, en la que desde hace un mes, siempre caigo profundamente sin saber por qué.
Me levanto y me dirijo al cuarto de baño, tendido en el suelo de la habitación, un hombre con un hacha clavado en la cabeza, parece que es el mismo de mi pesadilla, aunque no llego a reconocerlo por tener el rostro ensangrentado, pero sé que no le tengo ningún aprecio, paso por encima de su cadáver. La alfombra empapada en sangre, sangre seca, no sé cuándo tiempo llevo sumido en mi sueño, no sé cuándo ha sucedido esto. Escucho un ruido de fondo, como una cascada o un murmullo. Abro la puerta del cuarto de baño, y es el agua de la ducha que cae con fuerza. Estoy seguro de que la última vez que estuve en esa habitación y antes de enroscarme entre las sábanas, había dejado cerrado el grifo. Nunca me había pasado algo semejante, pero no le doy mucha importancia. Al girar y cerrar la llave, todo parece volver a la normalidad, todo se queda en silencio, no se escucha nada ni a nadie, a pesar de estar abierta la ventana.
Mientras tomo un café en el salón, leyendo la prensa del día anterior. Suena con insistencia el timbre, me sorprendo al observar la hora que es, tan sólo las siete y media de la mañana, y alguien aporreando mi puerta, ¿quién podrá ser? Cuando abro me encuentro enfrente de un hombre vestido de uniforme, es un policía.
Y tras él, entran dos o tres más, pistola en mano, me arrinconan, me empujan y me tiran al suelo. Escucho de fondo un murmullo, es la declaración de mis derechos, cosas que no puedo entender, yo no he hecho nada.
Dicen que he matado a mi padre, dicen que mi hermano ha ido a denunciarlo. Sigo sin acordarme de nada, sólo de todo lo que he corrido en mi pesadilla y que ese hombre con el hacha no me alcanzaba.
Me trasladan en un furgón y me llevan a una casa, a una habitación con las paredes blancas, me han puesto una camisa de fuerza, y me han dado un calmante. Me han hecho una lobotomía, no sé muy bien lo que es, pero me siento más relajado, me han quitado mis cambios de humor, mis nervios no se alteran, ya no me revoluciona nada de lo que sucede a mi alrededor, soy un hombre nuevo.
Miro en torno a mí y encuentro en las paredes un cuadro de grandes  dimensiones con un texto que dice: “No hay mayor inconsciente, que aquél que es consciente de su mal, y no pone remedio”.
Ya no me persigue nadie, el hombre del hacha ha muerto, en mi armario, no hay uniformes ni traje de cuero negro, no siento rencor, no siento miedo, no siento nada, me han curado, aunque sigo sin comprender qué hago aquí. Por fin mi pesadilla ha terminado.
                                   Seudónimo Al-Shafir
20/10/11
Otra fecha 01/11/11  



Como son relatos cortos, podéis hacer comentarios individuales, mencionando el texto al que os referís. 
 

1 comentario:

Ramón B. Boscá Crespo dijo...

Según Mariceli dijo en su comentario, cosa que por alguna causa que se desconoce no la ha dejado colgarlo, me ha pedido que yo transcriba sus palabras:

"Hola Ramón, me ha gustado mucho el relato del viaje por esa ruta hacia Salamanca, muy bien contado, escueto, pero lleno de ternura hacia esas personas que padecen esa funesta enfermedad del Alzheimer, y más cuando este es el año en que están haciendo ver toda la problemática que conlleva la misma, tanto para los afectados, como para los familiares que cuidan de ellos. Gracias por acordarte de ello."

Palabras que agradezco de corazón conociéndola a ella.